EL FÚTBOL (Y LA POLÍTICA)
A SOL Y SOMBRA
“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol” Eduardo Galeano
“La pelota no se mancha” decía Diego Armando Maradona en su despedida del fútbol allá por el año 2001. Pero la pelota es un objeto que siempre ha estado embarrado de política. Recordemos a la Italia de Il Duce Mussolini ganando de polémica manera las Copas Mundiales de 1934 y 1938, aquella Argentina bajo Videla que organizaba y ganaba el Mundial de 1978 o la victoria de Alemania en 1990 que “unificó” al país tras la caída del Muro de Berlín. Estos son solo unos pocos ejemplos de cómo el fútbol (casi toda actividad deportiva, en realidad) y la política van de la mano desde la profesionalización del balompié allá por inicios del siglo XX. Pero este matrimonio no siempre fue una “tapadera” de opio para el pueblo, como muchos intelectuales tacharían al deporte rey. Por ejemplo, imaginen un mundo en el que un popular club de fútbol desafía la dictadura militar de su país, teniendo como líderes a un presidente sociólogo de izquierda que entiende poco o nada de fútbol y a tres jugadores: un intelectual médico con nombre de filósofo griego que empieza su carrera después de recibirse, un negro proletario y sindicalista que tiene nombre de poeta ruso y cita a Zumbi en entrevistas y por último tenemos a un muchacho rebelde, roquero y contestador. Más allá de la conciencia política, los tres tienen otro aspecto en común: son dioses del fútbol. Crearon un movimiento democrático que se salió de la estructura rígida y jerárquica del fútbol brasileño, defendida por (entre otros) cierto arquero de renombre que al unirse al equipo, argumentó que no existía “democracia”, diciendo que las decisiones, en la realidad, eran tomadas por una minoría opresiva e intimidadora. Conquistaron títulos en el campo, se convirtieron en símbolos de la resistencia a la dictadura y del clamor popular. Uno de ellos, astro de la selección de Brasil, recibe la propuesta de jugar en el exterior, pero le dice al pueblo que se quedará si las elecciones son aprobadas. Suspenso. El final no es feliz, pero la semilla está plantada. El argumento encima no es fruto de la mente creativa de un buen guionista de ficción. De hecho, todo sucedió en aquel agitado periodo entre 1982 y 1984, cuando la Democracia Corinthiana mostró que el fútbol podía tener un uso político opuesto al que habitualmente se le había dado. Al ritmo del rock brasilero, que se las ingenió para driblar a la censura con letras provocadoras, Sócrates, Wladimir y Casagrande, junto al presidente Adilson Monteiro Alves, dieron un show dentro y fuera del campo de juego. Es esto lo que el director Pedro Asbeg muestra en el excepcional documental DEMOCRACIA EN BLANCO Y NEGRO. El único (pequeño) pero que le encuentro al largometraje es que si el parentesco ideológico entre la Democracia Corinthiana y las luchas obreras es más sólido, la conexión con el rock ochentero, por lo que es mostrado, carece de un poco más de substancia. Por ser un acontecimiento contemporáneo al movimiento y también tener un carácter transgresor, pertenecen al contexto, pero no se ven otros justificativos para el tiempo destinado a esa conexión en el documental. Más allá de eso… La historia, contada en ritmo de aventura, con testimonios de jugadores, músicos, periodistas y hasta ex-presidentes como Fernando Henrique Cardoso o el corinthiano Lula da Silva, es un aula de cine, un aula de ciudadanía, y una buena manera de percibir que si la política en Latinoamérica trastabilló hasta la democracia, en el fútbol la trayectoria fue opuesta. La CONMEBOL está en manos de dirigentes ligados a regímenes militares, los políticos financian la construcción de estadios en cambio de votos y los cracks de hoy son, casi totalmente, alienados que solo piensan en dinero y su propio ego. ¿Se imaginan al trío Messi-Neymar-Suarez diciendo que si la tan necesaria reforma política de hecho sucediera abandonarían el Barcelona? Si…yo tampoco. “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales” decía Eduardo Galeano, que algo sabía del tema…
J.M Fábregas





